¡¡Hola Hola!!
Lo sé, tenía esto algo abandonado, pero gracias a quien me rodea (y por qué no decirlo, a sus collejas varias) vuelvo a contaros las aventuras de estos meses atrás.
Empezamos poniéndonos las zapatillas y cerrando una etapa, ¿os venís?
Había dejado de escribir sobre mis últimas aventuras pensando que "no habían sido tan importantes" pero pensándolo bien, para mi lo han sido por diversos motivos. Hoy os cuento mi cierre en una de las carreras que más amor-odio le tengo.
Hace un año os hablé de esta carrera, en la que me enfrenté a los 13K y unos cortafuegos de quitar la respiración y como no tengo fin, ni memoria, ni cabeza...pues este año me fui a por los 20K con +800, porque me gusta demasiado meterme en un "fregao"...Y ahí estaba yo, de vuelta tras las vacaciones con las piernas bien cargaditas de kilómetros y desnivel, pero entrenando de nuevo para enfrentarme a un nuevo reto.
Necesito contaros que fui a reconocer la carrera semanas antes, con dos titanes del club que se enfrentarían a los 33K, porque su fregao ya era de otro nivel...y abandoné...fue una mañana de esas que te sale todo al revés, empiezas corriendo el track que no es (sin rencor ehh chicos...) y acabas en el suelo sacándote un palo de la zapatilla que te ha llegado hasta la planta del pie...
¿Decisión? Me fui a casa a redesayunar y punto.
Ahora día de la carrera. Nervios, por supuesto, el día se presentaba perfecto para corretear. Todo preparado, material listo, las ganas iban conmigo en el chaleco y la compañía no podía ser mejor.
Reencuentro con amig@s que comparten pasión, ver por primera vez físicamente una camiseta que casi me hace llorar (esto os lo cuento otro día), todo pintaba que sería un día espectacular.
Los primeros 10K pasaron volando. Cuando corro en montaña es la sensación que suelo tener, el sube y baja de las cuestas me mantiene alerta, me motiva y me hace disfrutarlas al máximo.
Entrabamos en los siguientes 10K y amiga, ahí empezó la carrera real...si los cortafuegos de la carrera corta me cortaban la respiración, estos directamente me dejaban para que reanimaran en meta porque ¡menuda verticalidad señora! Hubo puntos en los que prefería no mirar hacia atrás, creo que sentía incluso vértigo.
Kilómetro a kilómetro iba sumando desnivel y cansancio, solo pensaba en la meta, cruzar y terminar lo que había empezado pero con la mentalidad que el año siguiente no sería una de mis carreras. Me costó dios y ayuda, la carrera la llevaba en las piernas, pero la mente me abandonó en varias ocasiones, se me hizo bola y cuando vi la recta de meta tuve ganas de llorar, gritar y blasfemar a partes iguales.
Disfruté los reencuentros, la compañía de mis compañeros y sobre todo la celebración posterior donde las risas me hicieron olvidar lo demás.
En la próxima aventura vamos a la montaña, vuelvo a uno de mis primeros picos, así que nos leemos la semana que viene.
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