¡¡Hola Hola!!
¡Ahora sí! No podía volver de otra forma que no fuera con este post, porque ahora si un año después, he pisado la cima de Monte Perdido (3355m).
Que bueno estar de vuelta y que bueno traer noticias como estas en este trocito de mi mundo.
El verano pasado lo intenté, bueno intentamos porque las cosas compartidas valen doble 💪, pero ya os dije que por tiempo no pudo ser y esa espinita íbamos a sacárnosla si o si.
Este año poníamos rumbo a Ordesa de nuevo, alojándonos en Oto, ese pequeño pueblo escondido y pegado a Broto que nos dejaba espacio para movernos a nuestro gusto en cuanto a horarios, desayunos y descansos.
La idea estaba clara, hacer cima pero esta vez subiendo desde Nerín ya que así podíamos hacer menos desnivel, no por ello siendo menos duro, pero ganaríamos en tiempo que es lo que más temíamos.
Subida tranquila una vez que el bus nos dejó en la zona de los miradores de Ordesa, perfecto para "calentar", contemplar vistas y generar más ilusión de la que teníamos. Había una regla clara, menos fotos y más dirección. El reto era la cumbre, luego ya habría tiempo para traernos las imágenes, aunque es tan difícil no darle al botoncito en una zona tan bonita...💓
Conocíamos la zona, la teníamos fresca del año anterior y sabíamos donde llegaría el muro. La escupidera nos esperaba paciente y preparada para todo y para tod@s los que nos arriesgamos a subirla.
"Subiendo la escupidera con el pico cilindro detrás"
Habíamos leído sobre ella, escuchado opiniones, visto videos pero ay amig@ cuando la tienes delante...tomé el lema de "piano piano", agaché la cabeza y empecé a trepar por el lateral hasta que no tuviésemos más remedio que echarnos dentro de ella.
Creo que es de las veces que más mantras me he repetido en montaña, desde el clásico "ya lo tienes" hasta el "pude, puedo y podré" pasaron por mi cabeza. No es una zona fácil, no se me ocurriría jamás hacerla en invierno, con una inclinación de 45 grados, esos 300m pueden hacerse muy largos.
Pasito a pasito la fuimos cruzando hasta el lado izquierdo para aprovechar de nuevo las rocas fijas y ayudarnos en la trepada para llegar a la zona "llana". Un pequeño respiro y el último repecho nos llevaba a otro planeta...
Me emocioné por supuesto, aquí una intensa como yo está obligada a hacerlo en un sitio como ese, pero si sumamos lo que traía del año anterior, era inevitable. Ahora si, espinita sacada.
Tras las fotos de rigor en la cima, el descanso para picar algo de todo montañer@ que hace cumbre y el intercambio de sensaciones, no estaba todo hecho. Tocaba bajar y como dice Carlos Soria, "la cima se celebra cuando llegas abajo", una de mis frases favoritas y rumbo hacia el refugio de Góriz, donde haríamos un alto en el camino antes de irnos al bus de vuelta.
La bajada de nuevo hay que respetarla, la primera parte notas mucha esa inclinación y la sensación de caída, así que lo mejor es aprender a deslizarte por las piedras y "dejarse caer", no sin mirar antes a la gente que va subiendo, ya que al deslizarse hay piedras que pueden ir más sueltas o más rápido de lo normal, provocando una situación que no queremos. Si esto ocurre, nada mejor que un aviso al grito de "PIEDRA", dicho queda.
Llegábamos al lago helado contentos, conscientes que el día nos había respetado mucho, que aún nos quedaba jornada y camino pero que el objetivo estaba hecho. Ahora solo quedaba disfrutar de la vuelta, de fotos y más fotos (que podría enseñaros pero no es cuestión de aburrir) y del resto de días en Pirineos que prometían ser toda una aventura.
Os contaré más, lo prometo, pero por si no lo sabéis y como no sé estarme quieta, hace un tiempo cree un podcast "Pasito a pasito" en Spotify y ya tengo el episodio grabado donde os hablo de esta aventura y de mi manera de ver la vida como coach.
¡Nos leemos en la siguiente aventura o nos escuchamos!



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